jueves, 3 de julio de 2014

Paisaje de la comunidad de Madrid y alrededores



Interior
Campo de trigo silbado por el viento, aún verde y
haciendo olas bajo el sol


Segundo interior
olor a madera
olor a humo de encina
olor a tierra en los dedos
olor a clorofila
Sol y viento y luna y estrellas
y silencio
y rocío
y colores vivos
y
baile con viento
Baile
frente al sol con
montaña
Montaña que es espejo
que es reflejo
de la madera y el río
Fuego que baila en la chimenea
Estado interior que desata mis pies
Compañero interior Imparable
( )
que es júbilo


Exterior
mascarada que quiso ser león
ahora con calva en vez de melena (si es que tuvo)
más bien caricatura con dientes de vampiro
gesto que es mueca
triste simulación de
una existencia
que a más que rasques
solo rascas


Segundo exterior
alquiler, gasolina, casero, teléfono.
devaluación del dolor,
caída en la indiferencia
Agua caliente( )no
Cocina( )no
luzEléctrica( )no
Humanidad( )no
Sordera, mentira, negación
voz de mujer carcomida como un higo maduro que
muerden los insectos bajo el sol
( )indiferente de la tarde

Indiferencia que observa la ventana y niega
que hay una mancha con
Rosa marchita detrás de la cortina


Tercero exterior

amor_Sí
a los animales
amor_Sí
a los árboles
derroche de amor Sin mujer
mujer que grita dentro de un pozo Auxilio
y aprieta un teléfono
bolsillo con teléfono y dedos aferrados
bolsillo vacío de Socorro

Mujer a la que muerde un hombre triste
que es chinche
Chupa Risas


Intemperie

lluvia que no cesa, viento que amenaza
barro con crujir de helada
bajo mis zapatos
(que no son de baile)
que no son silbados por el viento
mi Baile acosado
por la prepotencia
de una chinche calva
escoltada por tres siervos

martes, 24 de junio de 2014

Paisaje con abuelo



Mi infancia vuelve desde el futuro y la huelo en el polvo de una carretera que atravieso con los ojos abiertos. Algunos llamarán fantasía a esta experiencia, pero para mí es más real que las cuatro paredes de la calurosa oficina en la que me encuentro.
Cuatro paredes sin ventanas entre las que estuve a punto de morir el día que sufrí un paro del deseo. Ese día cerré los ojos en un gesto de despedida. Eso fue lo que pasó. El resto también pasó, al menos para mí, que es lo que importa: me visitó un mago que me enseñó a ilusionar al tiempo.
Desde entonces mi infancia saltó hacia el futuro y se puso delante de mí como una pancarta donde pude leer: SÍGUEME.
Mi infancia como única opción. Mi infancia capaz de oler el polvo y de sentir el sol, capaz de hacer vibrar bajo mis nalgas el vaivén del asiento de una furgoneta que avanza entre baches conducida por un abuelo.
SÍGUEME es la palabra mágica desde la que vengo y hacia la que voy atravesado por un recuerdo que me anuda por sus extremos. Esos que llaman principio y fin, o pasado y futuro en el lenguaje de las oficinas.
Mi infancia que se pone delante de mí para recordarme quién soy dentro de las cuatro paredes de esta oficina, sin ventanas, convertida en circunferencia mágica, pancarta que inaugura un espacio donde solo existimos nosotros, él y yo, sin horarios, sin tareas, sin castigos, sin aprendizajes absurdos. Él, mi abuelo, y yo, sentado sobre sus rodillas con los ojos abiertos, oliendo el polvo de sus recuerdos a través de los míos, y avanzando entre baches de arena hacia la risa, liberados del yugo de este mundo sin infancia en el que hemos caído para cumplir condena por un atrevimiento en el que somos expertos desde antes de nosotros mismos: el de avanzar hacia atrás.

Carta a mi sobrino

En Madrid, lunes 23 de junio del 2014

A través de estas líneas intentaré responder a tu pregunta, mi querido sobrino, aunque sea tan tarde, aunque tenga sueño, porque me hago cargo de tu preocupación por el futuro que te espera como escritor.
Me preguntas qué será de ti, si podrás conseguirlo como hice yo, como hizo tu padre, como hizo tu abuelo.
Mi respuesta es contundente: estoy seguro de que podrás conseguirlo también tú porque lo llevas en la sangre. Y mi carta acabaría aquí, con esta simplicidad, si no fuera por esa costumbre que tengo de leer entre líneas.
Así es que te noto preocupado más allá de lo que expresas. Preocupado por mí y por los nuestros, por nuestra estirpe de escritores de éxito a la que quieres seguir perteneciendo. Preocupado más allá de tu vocación y de tu capacidad. Sí, querido sobrino, te leo preocupado por algo que diré sin preámbulos dado lo avanzo de la hora, dado que quiero hacerte llegar esta carta mañana mismo. Preocupado por nuestro patrimonio, así te leo. Preocupado por ese dinero que hemos acumulado en la familia gracias a la escritura, heredándolo los unos de los otros, un dinero que ahora está en mis manos, antes de pasar a las tuyas, mi querido sobrino, dado que no cuento con descendencia propia.
Todo iba bien, sobre ruedas, me refiero a tu tranquilidad, hasta que decidí crear una escuela de música en ese lugar lejano del que te hablé en nuestro último encuentro. Ese lugar con condiciones precisas. Ese refugio protegido de la contaminación comercial.
Te hablé siendo consciente de tu sorpresa e incomprensión, te hablé sin desplegar la raíz de mi decisión, y ahora, dadas las circunstancias, una vez leída tu carta, entiendo que debo explicarme.
La culpa es de la poesía, mi querido sobrino, porque yo nací poeta igual que nací rubio y de ojos azules. Nací bajo esa condición implacable, sin remedio. También nací en un mundo de escritores de éxito y asumí mi trabajo. Me puse lentillas y me teñí el pelo para cumplir y escribir las cosas que escriben los escritores, pero ahora que he llegado al final de mi vida he decidido seguir mi rumbo natural. Así están las cosas.
He sido un buen trabajador y me ha resultado fácil cumplir con lo que se esperaba de mí en un mundo donde los editores comían en nuestra mesa, donde el tío Alberto, tu padre, hoy fallecido, decidía qué se leía en este país. Gané el Panzatrofe sabiendo que así sería. Cómo no iba a saberlo si en nuestra familia lo sabemos todo sobre este oficio: qué contar, cómo contarlo, cuándo ser originales, dónde salir al mercado y en qué idioma debemos hacerlo. Escribir es nuestra especialidad desde antes del recuerdo.
Hoy, que solo quedamos tú y yo, mi querido heredero, te confieso que la culpa de mi cambio de rumbo es de la poesía que sin haberlo pedido llevo dentro. Y no lo digo porque escriba versos. No. Lo digo porque ser poeta es esa forma de ser que hoy me fuerza a seguir mi propio impulso más allá del sentido que puedan revelar las palabras con las que me explico. Despertar y recordar para ser sin remedio lo que soy, un rubio de ojos azules que acepta el misterio.
Y me voy allí lejos, al lugar entre las montañas donde no será fácil que me encuentren. Me voy con los míos, con mis elegidos, a existir, simplemente.
¿Qué otra cosa puede hacer un poeta con una fortuna? ¿Con esa riqueza que hemos acumulado confundiendo la creación con el ensamblaje?
Hay que devolver esos bienes, mi querido sobrino. En una magia final.
Quizás no me entiendas y sufras pensando que te doy la espalda y que te dejo solo, ahora que ya no tienes familia. Pero hay un matiz, algo nuevo puede surgir y quizás te ayude a romper con esa literatura artesanal que tan bien explota nuestra saga de escritores de éxito.
¿Quién sabe? Quizás al quedarte solo y sin esa fortuna que te habría empujado al vértigo del lujo con sus yates, sus drogas de diseño, su sexo esquizofrénico. Quizás, al quedar fuera de tu alcance esa perversión cibernética que ahoga al siglo XXI, consigas escribir un solo verso al cual aferrar tu existencia, y entonces me comprendas y hasta quieras venir conmigo a vivir fuera de este mundo de nuez con corazón arenoso que es la literatura que se escribe en nuestra familia.
Me voy pero allí te espero. Tienes mis señas.
Tu tío, que te ama,
Holden.

lunes, 16 de junio de 2014

AGUA

Con hilachas de imaginación 
hilvanan un hogar.

Se deslizan como duendes 
entre las puntadas del sudor.

Beben con las rodillas. 

Picos y palas cavan dos veces. 
Dos veces lloran.

Una horda de Penélopes destejen 
el azul trenzado en el bastidor.

Canción, 
en el abismo de la boca. 
Epopeya de un tambor
en el oído de la tierra.

Detrás, el camino,
más antiguo que el fósil. Más veraz

que el nombre dentro de la voz.


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miércoles, 9 de abril de 2014

El señorito


La conoció en el hotel francés.
Amina. Diecisiete años. Muy oscura
su tersa piel. El otrora Señorito
se presentó enfundado en una brillante
aureola de prosperidad infiel.
Fue catedrático,
invirtió en inmuebles y
destina los beneficios
al día a día de sus placeres.
Ella pobre, por supuesto
guapa, lleva el destino amarrado
al cuerpo, sostenido para servir de puente
entre la cartera de algún vil sujeto
y la nevera de sus parientes.

Cómprame un Cordero.
Cómprame un coche.
Cómprame.

Al tal viril de los puertos
que cruza sin remos y paga el respeto
la hombría le crece con el euro
que cuanto más sopla
amortigua los vientos.

En la maleta mentiras.
En el corazón confusión
razones que no comprende
ni la propia razón.
Y qué más da, él cambia el norte
de los sentimientos.
Ser Don le otorga derecho.

Fue Señorito y dice que se hizo solo
dice( )que habla francés
que posee el talento de elegir las manzanas
que saben a miel.

El otrora Señorito, hoy Señor
es hombre sin fe, revolcado en un fango
a cuya vera naufragan los vientres
de las damas sin bienes.

Ácidos efluvios y su mal acento
le sirvió en mala hora a la dulce Amina
en el hotel francés.
Ácidos efluvios, más ácidos tormentos.

Cómprame un cordero.
Cómprame.

Lejos ya del agua, llora Amina.
¡No puedes tenerlo! ¡Eres indigna
de tan grande alcurnia!

Más allá del puerto ya sangra la parca
en el mismo vientre contra el cual
el otrora Señorito, ensañara su ancia

viernes, 7 de marzo de 2014

Leopoldo María Panero



"E non trovan persona che li miri"

Fue mucho el tiempo que perdí en fantasías infructíferas, electrizándome en vanas vanidades, hasta llegar a donde el ermitaño ulula. Cuando andaba entre lobos, cuando vivía en la Ferocidad, de la que ya no soy testigo. Cruz en los ojos vuelto de espaldas y sin ojos sólo te veo a ti, querida. Recostada en el techo en actitud de no existir, tú me sonríes ¡oh!, querida y derramas sobre mí litros de ácido querida, y desaparezco en una palabra sin valor, que circula por tus venas de mármol, oh querida; y desde allí relumbra como anuncio sin valor, sin valor, no interesas querida, oh querida no interesas tú y tus jardines de acero entre las nubes, no, sentada como estás sobre la nada, fumando, no, no serás percibida.

DUDUDÁH de Sara veiras para Leopoldo María Panero





Fue mucho el tiempo que perdí entre los alienígenas
incitada por sus cánticos a bailar el Dududáh

En jardines baldíos, soñando con el minuto de la verdadera risa
arriesgué giros acrobáticos
siendo mis puntas elogiadas con ambivalencia

Tras el telón, que al elevarse gratificaría mi perseverancia
las voces redundaban en su maleficio
inflamando mi afán
empujándome al vértigo

Fue mucho el tiempo equívoco hasta que Comprendí
el gusto por el instante
la reticencia a encerrar entre puntas el Dududáh
el mensaje en verso de los alienígenas:

Bailando como estás sobre la nada
Oh no, no serás festejada.

miércoles, 15 de enero de 2014


Exilio
(a Juan Gelman)

Te vi tan frágil
el dolor incurable de la realidad golpeando tu voz

Tan fuerte te vi
heroico vivir oscilando entre belleza, lucha y pesimismo

Mis lágrimas son océanos, dijiste
Me duele el exilio
me hace daño construir la poesía en esta lengua

Qué hacer preguntaste a tu perro
(a quién si no)
y él te devolvió la pregunta con las orejitas en alto

Fue suficiente, comprendiste
que si el pueblo vive de rodillas
si la honestidad es pisoteada
si te matan porque sí
sólo El hambre
tiene derecho a la poesía

Qué dolor, Juan
Es invierno
por los campos sin flor
descalza
deambula
La belleza


martes, 12 de noviembre de 2013

Dakar, 1960, homenaje a Paul Bowles

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Floto en una nebulosa de la que salgo con dificultad. Sé que he soñado. Miro mi reloj de pulsera.
Minutos después reconozco el cuarto. Recuerdo que del otro lado de la ventana hay aire, tejados, la ciudad, el océano. Imaginar ese más allá, el aire vespertino que conozco tan bien y que disfrutáramos juntos me ayuda a revivir mi sueño, ese que se repite desde el lunes una noche tras otra sin excepción:
Estoy en un lugar, para llegar he atravesado vastas regiones. En el centro de mí reina una tristeza infinita. Sé que desaparecerá en cuanto entre en la casa. Abro, oigo a mi mujer en la habitación taconeando con sus chinelas sobre el suelo de baldosas. Junto a ella me siento tranquilo y soy feliz.
Respiro, saboreo mi sueño, me reconforta. Miro mi reloj de pulsera. El tiempo ha movido sus agujas. Acabo de eludir cinco minutos de realidad gracias al recuerdo de mi sueño. Un sueño que brega contra los minutos tristes de mi reloj.
Pero mi reloj guarda nuevos minutos agazapados y a la espera de abrirse paso e irrumpir en mi mundo para arrebatarme este sueño que me mantiene vivo.
Me siento sin fuerzas ni lucidez para definir mi situación. Permanezco inmóvil, me dejo arrastrar por una de esas somnolencias ligeras, momentáneas, que anteceden a un sueño largo y profundo. Mi descanso, sin embargo, ni es largo ni es profundo. No lo es desde hace días.
Busco en mi reloj una fecha, pero solo obtengo un tictac.
Era lunes cuando empecé a soñar.
Qué difícil, esta alta y estrecha habitación con su cielo raso envigado, los colores neutros de los grandes dibujos anodinos de las paredes, la ventana cerrada con sus vidrios rojos y anaranjados, las chinelas en el suelo, el tictac de mi reloj de pulsera entre cuyas agujas se abre paso un silencio de baldosas que añoran el clackclack de un taconeo, yo sin poder moverme, el crepúsculo amenazando con llegar, y mi mujer colgada de una soga mientras lo único que puedo hacer es seguir tendido como estoy, respirando con lentitud, paralizado en este cuarto sin aire y que huele mal, no a la espera del crepúsculo, sino a la espera de mi propio fin.
De pronto cierro los ojos, dejo de escuchar el tictac de mi reloj, llego a una casa, entro -se trata de un acto reflejo-, me envuelve un silencio que engulle un clackclack.


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lunes, 11 de noviembre de 2013

Sucinta reflexión surgida de la pregunta: ¿Cuál es el tema de Vía revolucionaria de Richard Yates?




Después de leer El bosque petrificado de Robert Sherwood (1926) y analizar los paralelismos entre esta obra de teatro -citada en el primer capítulo de Vía revolucionaria-, y la novela de Yates, compruebo que el tronco argumental es el mismo: pioneros que fracasan, artistas que no dan fruto, mujeres que quieren huir a Francia y mantener a un hombre para que él pueda crear y no ellas, lugares fuera del mundo donde no hay nada que hacer, frustración, suicidio. En resumen, la tan manida era de la ansiedad y del fracaso del sueño americano explicado con profusión de detalles.
De esta forma magistral lo pinta Yates en una de las páginas de la novela:
Connecticut, años cincuenta. El riego automático, el televisor con sus eternos dibujos animados, el cortacésped, las plantas, el centro comercial, la “sana alegría vecinal”… Estados Unidos, “la capital psiquiátrica y psicoanalítica del mundo… la nueva religión, el chupete intelectual y espiritual de todos… Es como si hubiera un tácito acuerdo colectivo de vivir en un estado de autoengaño absoluto. ¡Al cuerno la realidad! Disfrutemos de un montón de bonitas carreteras y de bonitas casas pintadas de blanco y de rosa y de azul cielo; seamos buenos consumidores y que exista una gran uniformidad, y eduquemos a nuestros hijos en un baño de sentimentalismo (papá es un gran hombre porque se gana la vida, y mamá es una gran mujer porque ha aguantado a papá todos estos años) y si la realidad aparece un día y nos mete miedo, todos estaremos muy ocupados y haremos ver que no pasa nada”.
El fracaso de este sueño ya esta planteado en El bosque petrificado: frustración, quejas, deseo de otra cosa. De escapar de allí para ir a Francia. Pero, ¿qué hay de nuevo en la novela de Yates?
Lo nuevo son los hijos no deseados.
En El bosque petrificado ya hay un antecedente, Gabrielle, hija abandonada por una madre francesa (magnífico guiño de Yates. April iría a Francia para huir de la tragedia y allí encontraría lo mismo).
Pero en la novela de Yates los hijos no deseados están por todas partes y los estragos producidos por la relación con sus progenitores alcanzan un grado de sufrimiento y amargura que llevan al psiquiátrico, o a la muerte, aunque se tengan las condiciones materiales para disfrutar de una vida feliz.
Entre los diferentes personajes de la novela los casos de April y de John, el hijo de los Givings, resultan extremos. Es natural que entre ellos surja una complicidad especial marcada por esa lucidez mortífera que rehuyen los otros. April y John leen el reverso de los hechos y van al grano hasta el punto de pasar al acto. Sus puestas en escena son irreversibles: April con un intento de aborto y John con una posición de loco digna de un psiquiátrico. ¿Dadas las circunstancias les queda otra opción en un mundo de seres ocupados donde se hace ver que no pasa nada? Es indiscutible que en esa situación solo puede conmover un gran espectáculo.
John habla hasta la saciedad sobre este tipo de hijos no deseados, saca a relucir una verdad que solo April acepta oir. A Frank le dice: le haces una barriga para no irte a Paris con ella. A April, señalando su vientre con el dedo. Sé una cosa: No quisiera ser ese hijo.
Y así continúa el pobre John, que obviamente sabe de esto por propia experiencia: Le meterán en el cajón de una cómoda y le darán leche agria para mamar… ese niño tendrá menos posibilidades que el perro de un vagabundo.
En la pareja hay una pregunta constante sobre el sentido de la vida, en Frank al menos la hubo en su juventud. Ese sentido tiene que ver con dar fruto, con crear una obra. Ilusión a la que April no renuncia.
Podemos sospechar que la caída en un sinsentido que los desgasta es la razón que la lleva a tomar una decisión tan peligrosa. Ella no quiere más hijos no deseados, ni más trabajos no deseados, ni más vida no deseada, porque por fin ha comprendido que allí esta la raíz de una infelicidad irreparable. El hilo conductor hacia una larga cadena de generaciones vencidas por la frustración, que agonizan en una existencia yerma.
Ya se hablaba de esto en El bosque petrificado, citando al poeta François Villón: "En tu campo la semilla de mi cosecha crecerá. Le he dado un suelo yermo a esa semilla... pero tú le darás fertilidad, la harás crecer y dar fruto."
Dice Alain en la obra de Sherwood antes de morir en los brazos de Gabrielle: "Lo sé, pero debes creer y recordar... porque es mi oportunidad de sobrevivir... Te hablé de ese gran artista que está oculto en mí. Te lo transfiero a ti."
¿Acaso April, con su muerte, no abre esa Vía revolucionaria en Frank, que no volverá a ser el mismo ni como padre ni como hombre? 
De hecho en la escena del parque, cuando ya ha muerta April y Frank queda a cargo de sus hijos, no lo vemos mirarse al espejo como solía hacer, mira un intervalo vacío que se ubica entre él y sus hijos jugando.
Ella rompe con su acto una repetición, al menos en la vida de Frank, que no podrá hacer como propone la cita del comienzo: "...eduquemos a nuestros hijos en un baño de sentimentalismo (papá es un gran hombre porque se gana la vida, y mamá es una gran mujer porque ha aguantado a papá todos estos años)..."
En el comienzo de la novela se anticipa el final: "Estoy llena de vida, y tengo ganas de salir y hacer algo absolutamente loco y maravilloso...” , dice April mientras actúa en El bosque petrificado.
La obra de teatro empieza bien, igual que su relación con Frank (llena de hermosos deseos), pero April, al comprobar que los Laurel Players y Frank, le fallan, se viene abajo.
No en vano las últimas palabras de April, ya terminada la novela, hablan de algo que ha sabido desde siempre: que para hacer algo absolutamente serio, algo de verdad, al final resulta que tienes que hacerlo tú solo.
¿Cuándo aprendió April esto?

Lo aprendió de niña, y lo aprendió de sus grandes maestros: sus propios padres que la abandonaron apenas nacer.
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viernes, 8 de noviembre de 2013

Encuentro en Dakar

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Consultamos el calendario chino. Año 2013, serpiente de agua, favorable. Elegimos Dakar para el encuentro. Ubicación cardinal oeste, capacidad para asumir riesgos. Favorable.
¿El día?, 29 de agosto. La hora, cinco en punto de la tarde.
Él caminaría hacia la Plaza del Buen Encuentro, superada la esclavitud en el flanco sur.
Yo caminaría desde el norte, dejando atrás la lucha por la independencia contra los malditos franceses.
Desde el sur vestido de algodón blanco sobre su piel negra.
Desde el norte vestida de seda roja sobre mi piel blanca.
¿El ritmo? El de un tambor.
Él lo marcaría con los dedos, es percusionista. Yo, con las caderas.
Caminando. Un paso tras otro, sus dedos marcando el ritmo, mis caderas al compás.
Cuando ames algo procura llegar caminando, habíamos dicho.
tac – tactac – tac – tactac

La cadera cae en la música.
 El amor en la amistad.

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jueves, 31 de octubre de 2013

El cerrajero

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Que la vida es un cerrajero me quedó claro el día que conocí a la vieja. Un cerrajero implacable, me dije, escuchando una historia que si había sido real, como la vieja decía, hablaba de una puerta de esas que dejan de ser puertas para convertirse en muros de infranqueable hormigón.
El cerrajero no se había portado mal del todo, al principio. De niña la vieja conoció la risa, parece increíble. Conoció la música. Incluso fue subida a un escenario para cantar. Y amó la naturaleza, amó a su padre, que la llamaba: mi pequeña.
Montó a caballo, un caballo sin desbravar, ni montura. Vivió en uno de los lugares más hermosos del mundo. Conoció el dinero en billetes grandes y fue inocente hasta el punto de convertirlo en picadillo para recibir, desde un gran balcón, a la virgen del pueblo.
Todo eso cuenta la vieja desde su cama y parece increíble. En la residencia hay otros viejos, cuarenta y dos. Pero ninguno tiene una historia semejante para contar.
El hecho es que hay algo que queda en el aire. No sé, una parte que no comprendo, porque si bien cuenta mil veces la misma historia, no explica cómo se produjo el cambio. ¿Qué pasó? ¿Cuándo se abrió la puerta de la habitación donde vive ahora y que nada tiene que ver con aquellos paisajes?
Han pasado cuarenta y ocho años, quizás sea eso.
Pero ahí es donde yo veo al cerrajero. Una puerta se cierra y no hay marcha atrás. Se entra a un lugar sin salida y se termina en la cama de una residencia de caridad.
Ninguno está tan solo como ella. Ninguno está tan atado a la cama. Ninguno.
Nadie la visita. Está llena de odio. El desagradecimiento, quizás.
Pero no lo comprendo. Hay un laberinto entre aquella puerta de la infancia y esta de la vejez.
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