miércoles, 9 de abril de 2014

El señorito


La conoció en el hotel francés.
Amina. Diecisiete años. Muy oscura
su tersa piel. El otrora Señorito
se presentó enfundado en una brillante
aureola de prosperidad infiel.
Fue catedrático, invirtió en inmuebles y
actualmente jubilado destina los beneficios
al día a día de sus placeres.
Ella pobre, por supuesto
guapa, por lo tanto carne
lleva el destino amarrado al cuerpo
sostenido para actuar de cebo
entre la cartera de algún vil sujeto
y la despensa de sus parientes.

Cómprame un Cordero.
Cómprame un coche. Cómprame.

Al tal viril de los puertos
que cruza sin remos y paga el respeto
la hombría le crece con el euro
que cuanto más sopla amortigua los vientos.
En la maleta mentiras. En el corazón confusión
razones que no comprende
ni la propia razón.

Y qué más da, él cambia el norte
de los sentimientos. Ser Don le otorga derecho.

Fue Señorito y dice que se hizo solo
dice( )que habla francés
que posee el talento de elegir las manzanas
que saben a miel. El otrora Señorito, hoy Señor
es hombre sin fe, revolcado en un fango
a cuya vera naufragan
los vientres de las damas sin bienes.

Ácidos efluvios y un acento maltrecho
le sirvió aquella noche a la dulce Amina
en el hotel francés.
Ácidos efluvios, más ácidos tormentos.

Cómprame un cordero. Cómprame.

Lejos del agua ahora llora Amina.

¡No puedes tenerlo! ¡Eres indigna
de tan grande alcurnia!

Más allá del puerto ya sangra la parca
en el mismo vientre contra el cual
el antes Señorito, ensañara su ancia

martes, 25 de marzo de 2014

Tríptico

Poemas de Sara Veiras 21-3-14; día internacional de la poesía.

Saltar

Sí, quieres huir, huir de allí porque intuyes que del otro lado del agua te espera algo bueno. No sabes pero intuyes y con intuir te basta porque tú te pones en las manos del destino y vives entregado al acontecer. Te lanzas contra los cuchillos porque tú eres el filo de un sueño y cortas más que la indiferencia. Eres hambre frente a un pez que nada lento y al alcance de tu intuición, y te lanzas como una mirada que tiene la fuerza de una bala. Hay más hambre en tu mirada que azul en el agua y más peces en el agua que bocas dentro de ti. Tu boca muerde el candado del hambre y te abre un hueco al otro lado del río: Sales en las noticias.
Eres el sueño del hambre que salta vallas.
Un millar de pies, un millar de brazos, un millar de ojos saltan vallas contigo empujados por la misma intuición y la misma necesidad de masticar un trozo de pan. Te juegas tu única propiedad, tu hambre, en la ruleta del salto de vallas y si pierdes pagas con tu sangre.
Tu sangre.

Caminar

Filas de emigrantes subsaharianos cargan bultos de baratijas a la espalda y atraviesan las calles sonrientes y acariciados por un sol de invierno que brilla en sus pieles con la alegría de la libertad. Con los bolsillos vacíos a rebozar, sin el peso de los documentos de control, ni de las cartillas de los bancos, ni de los seguros médicos, ni de los sellos de la demanda de empleo en el Inem, filas de subsaharianos caminan con los bolsillos llenos de aire y en el aire amistad.

Navegar

Hablemos de Europa y del siglo XXI, tiempo de superproducción y abundancia, la tierra prometida alcanzando su primavera, donde muchos desean vivir y llegan desde lejos mentalizados para fertilizar con su sangre la potencia extranjera y jugarse la vida en la esperanza del euro. Si se requieren diez ahogados para un superviviente, lo aceptan. Creen en el destino y a él se entregan sumisos. Nada tienen que perder. En el sur, en las tierras dejadas de la mano del progreso la vida es muy barata y ellos simplemente son vida, o sea dones de la naturaleza que surgen espontáneos, igual que los mangos y los cacahuetes. Sólo el destino puede redimirlos de esa triste condición y a él se enfrentan lo antes posible. Le hacen la pregunta donde no hay escapatoria: en alta mar.
La patera es un santuario contundente.
De allí saldrán los elegidos o se verterá su sangre como ofrenda para atraer días de prosperidad. Todo esta escrito en el gran libro de la vida aunque el hambre sea analfabeta.
A los ojos del mundo del consumo, la Europa animalista que lucha por el derecho a una existencia digna para los toros y las gallinas, el espectáculo es lamentable, no obstante raras veces sobrepasa el interés de otros asuntos y los informativos dedican escuetos comentarios a esta lucha por un trozo de pan, que además de trágica resulta vergonzosa. Así trascurre aquí la vida, ya navegado el siglo veinte.

viernes, 7 de marzo de 2014

Leopoldo María Panero



"E non trovan persona che li miri"

Fue mucho el tiempo que perdí en fantasías infructíferas, electrizándome en vanas vanidades, hasta llegar a donde el ermitaño ulula. Cuando andaba entre lobos, cuando vivía en la Ferocidad, de la que ya no soy testigo. Cruz en los ojos vuelto de espaldas y sin ojos sólo te veo a ti, querida. Recostada en el techo en actitud de no existir, tú me sonríes ¡oh!, querida y derramas sobre mí litros de ácido querida, y desaparezco en una palabra sin valor, que circula por tus venas de mármol, oh querida; y desde allí relumbra como anuncio sin valor, sin valor, no interesas querida, oh querida no interesas tú y tus jardines de acero entre las nubes, no, sentada como estás sobre la nada, fumando, no, no serás percibida.

DUDUDÁH de Sara veiras para Leopoldo María Panero





Fue mucho el tiempo que perdí entre los alienígenas
incitada por sus cánticos a bailar el Dududáh

En jardines baldíos, soñando con el minuto de la verdadera risa
arriesgué giros acrobáticos
siendo mis puntas elogiadas con ambivalencia

Tras el telón, que al elevarse gratificaría mi perseverancia
las voces redundaban en su maleficio
inflamando mi afán
empujándome al vértigo

Fue mucho el tiempo equívoco hasta que Comprendí
el gusto por el instante
la reticencia a encerrar entre puntas el Dududáh
el mensaje en verso de los alienígenas:

Bailando como estás sobre la nada
Oh no, no serás festejada.

sábado, 1 de marzo de 2014

Paisaje de la comunidad de Madrid y alrededores



Interior
Campo de trigo silbado por el viento, aún verde y
haciendo olas bajo el sol

Exterior
mascarada que quiso ser león
ahora con calva en vez de melena (si es que tuvo)
más bien Caricatura con dientes incapaces de morder
gesto que es Mueca
triste simulación de
una existencia
que a más que rasques
solo rascas

Segundo interior
olor a madera
olor a humo de encina
olor a tierra en los dedos
olor a clorofila
Sol y viento y luna y estrellas
y silencio
y rocío
y colores vivos
y
baile con viento
Baile
frente al sol con
montaña
Montaña que es espejo
que es reflejo
de la madera y el río
Fuego que baila en la chimenea
estado interior que desata mis pies
compañero interior Imparable
( )
Que es júbilo

Segundo exterior
alquiler, gasolina, casero, teléfono. Devaluación del dólar, caída del consumo
Agua caliente( )no
Cocina( )no
luzEléctrica( )no
Humanidad( )no
Sordera, mentira, negación
voz de mujer carcomida como un higo maduro que muerden los insectos bajo el sol
( )indiferente de la tarde
Indiferencia que observa la ventana y niega
que hay una mancha con Rosa marchita detrás de la cortina


Tercero exterior

amor_Sí
a los animales
amor_Sí
a los árboles
Derroche de amor Sin mujer
mujer que grita dentro de un pozo Socorro
y aprieta un teléfono
Bolsillo con teléfono y dedos aferrados
bolsillo vacío de auxilio
Mujer a la que muerde un león de dientes tristes
león que es chinche, Chupa Risas


Intemperie

lluvia que no cesa, viento que amenaza
barro resbaladizo con crujir de helada bajo mis zapatos
(que no son de baile)
que no son silbados por el viento
mi Baile
acorralado por la prepotencia de un león calvo
escoltado por tres siervos


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Sara Veiras (miércoles 19 de febrero del 2014)

jueves, 6 de febrero de 2014

Ella y Onorato



Ella y Onorato se conocieron en la parada del autobús.
Onorato:
Perdone, señorita, ¿sabría decirme cómo llegar al cielo?
Ella:
No entiendo. ¿Cómo ha dicho?
Onorato:
Disculpe, he querido decir centro. ¿Sabría decirme cómo llegar al centro?
Ella lo miró sorprendida pero le gustó lo que vio. Onorato llevaba una corbata de seda azul.
Ella:
Yo voy para el centro, puede seguirme.
Onorato, que era tan amante de las palabras como obediente de su significado, se dedicó a seguirla del autobús a la parada hasta que un día, después de esperar el autobús demasiado, la invitó a compartir un taxi.
Ella:
Fíjese Onorato si seré distraída, olvidé que hoy es primero de mayo. Podría haber pasado todo el día esperando el autobús.
Volvieron a compartir otro taxi y Onorato, alentado por la intimidad, la invitó a cenar. Eligieron un restaurante francés.
Ella:
Hábleme de usted, Onorato.
Onorato, anclando el temblor de sus manos en el nudo de la corbata, dijo:
Yo busco la hazaña sensorial… El estampido de sencillez...
Hipnotizada por aquellas palabras o por la perfección del nudo, que no perdió de vista, ella se sumergió en una nube que fue tomando forma de promesa hasta que los interrumpió el camarero:
Aquí tienen la cena, señores, que les aproveche.

Desde aquella noche la relación marchó impulsada por esparcimientos poéticos como los de aquella noche. “En tus ojos navega la góndola de mi placer”, decía Onorato en un momento cualquiera con una entonación que caldeaba la sangre, pero, pasado el tiempo, las cosas cambiaron. El amor se enredó.
Ella:
El amor es ilimitado en sus posibilidades, tanto que puedo quedarme a tu lado por amor o irme y dejarte impulsada por el mismo sentimiento.
Onorato, evitando, como hacía siempre, ir al grano: 
Tus generosidades, mujer… Yo me persigno caminando entre púas-lenguas sin otra coordinación que lo inverosímil.
Ella, angustiada frente a tanto hermetismo: 
Te sientes solo, por eso me buscas. ¿O será al revés? Me siento sola y por eso te acepto. No sé, dirías tú. Y yo diría: esa no es una respuesta, trata de hablarme con claridad Onorato y dime ¿qué soy para ti?, ¡necesito saberlo! Perdí la paz al conocerte. También perdí la cabeza. Ahora no hay ley en mi mundo. Vivo sin reloj y sólo a veces recupero la sensatez, aunque mis buenos propósitos son efímeros porque cuando tú me hablas… Tu voz es un altar frente al cual me reclino casta como una niña y a la espera de resurgir iluminada.
Onorato, sin saber qué decir, recurre a la música:
Hay una puerta niña / Que la llaman del amor / Donde bailan los luceros / Y la luna con el sol
Ella desea bailar, atravesar esa puerta y ser la luna: 
¿Bailamos?
Onorato: 
No sé.
Ella:
¡Ah, no! No sé es una batalla perdida mi amor. Yo bailo contigo, no con tu saber. ¿Comprendes?
Onorato masculla para sus adentros:
Ojalá pudieras comprenderme tú.
Ella:
Me encantaría, pero es tan difícil. Yo ya no pienso, corro volcánica, deseosa de erupcionar.
Onorato interpreta:
Irrefrenable estampida de alma en pos de su amor.
Ella:
Irrefrenable potra, dirás. Una potra que relincha en mi vientre. ¡Mi temperatura, Onorato, si tú supieras!
Onorato, conmovido, la calma. Vuelven a atravesar fronteras de no sé, llegan a un lugar donde todo canta. Ella lo acaricia, luminosa como los luceros.
Te amo, Onorato. Eres mi sol.

"Todos los sueños marchan en silencio devorados por el clamor del instinto", piensa Onorato, pero esta vez se abstiene de decirlo.
Ella se reclina sobre su pecho, llegó la hora de dormir. Por ahora también dormirán las palabras.
Él la ata por el tobillo con su corbata azul.

*(canción de Triana)

miércoles, 15 de enero de 2014


Exilio
(a Juan Gelman)

Te vi tan frágil
el dolor incurable de la realidad golpeando tu voz

Tan fuerte te vi
heroico vivir oscilando entre belleza, lucha y pesimismo

Mis lágrimas son océanos, dijiste
Me duele el exilio
me hace daño construir la poesía en esta lengua

Qué hacer preguntaste a tu perro
(a quién si no)
y él te devolvió la pregunta con las orejitas en alto

Fue suficiente, comprendiste
que si el pueblo vive de rodillas
si la honestidad es pisoteada
si te matan porque sí
sólo El hambre
tiene derecho a la poesía

Qué dolor, Juan
Es invierno
por los campos sin flor
descalza
deambula
La belleza


sábado, 14 de diciembre de 2013

El escritor
       El tipo tiene técnica. Y envidia. Lee a Cortázar y suda. Anoche leyó Carta a una señorita en París. Leyó y no pudo dormir. Quiso parir conejitos. Tirarse por la ventana. Ser capaz de decir entre líneas cómo es tirarse por la ventana para dejar de parir conejitos. Pero la moda pide otra cosa. Pide mostrar y el tipo necesita comer, así que no escribe entre líneas aunque eso le impida dormir en paz.
       Son las ocho en punto de un lunes cualquiera. Todos los lunes son iguales. El tipo se levanta, se sirve un café sin azúcar y se sienta a escribir. Se sienta en pijama, un pijama dos tallas más grande que el del año pasado. La editora de Playboy espera un relato de treinta líneas antes de las nueve. Un relato escrito para el cincuenta y uno por ciento. Eso quiere la editora de Playboy.
El tipo suda y escribe para Playboy. De lo que escribe come. Cuando no imparte talleres literarios paga las facturas con lo que siente que caga los lunes para el cincuenta y uno por ciento.
Envuelto en rayas grises, como un preso, arranca. Un campo de nieve, esa es la imagen dentro de su cabeza. Un garabatear estreñido, esa es la acción.
      Ahora está seco y mojado. Empapado de moda y seco de creatividad. Hubo un click. Habría que buscar, pero el tipo no quiere buscar. Ese click sonó en su cabeza como un gong y reventó la creatividad. Se apagó la música. No sabe si para siempre. Solo sabe que hay que seguir enviando sandeces a Playboy para pagar las facturas. Así que ahora el tipo copia. Los jueves imparte un curso de escritura creativa y los lunes escribe para la editora del cincuenta y uno por ciento.
       El jueves anterior un jubilado argentino hizo un chiste y él tomó nota. Así derrite el tipo la nieve que tiene dentro de la cabeza. También utiliza las técnicas de moda y escribe vaselina con “v” de visibilidad y consolador con “c” de caca en su lista de amarre para no salirse del tema.
       ¡Ay, qué vergüenza le dice una mina a su profesor de tango. Mirá si me muero ahora y mi hija encuentra el consolador abajo de la almohada!
       La hemorragia de “ces” y vaselinas se extiende dos mil doscientos cuarenta y seis caracteres más. Después el tipo abre la ventana y cierra los ojos.


martes, 12 de noviembre de 2013

Dakar, 1960, homenaje a Paul Bowles

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Floto en una nebulosa de la que salgo con dificultad. Sé que he soñado. Miro mi reloj de pulsera.
Minutos después reconozco el cuarto. Recuerdo que del otro lado de la ventana hay aire, tejados, la ciudad, el océano. Imaginar ese más allá, el aire vespertino que conozco tan bien y que disfrutáramos juntos me ayuda a revivir mi sueño, ese que se repite desde el lunes una noche tras otra sin excepción:
Estoy en un lugar, para llegar he atravesado vastas regiones. En el centro de mí reina una tristeza infinita. Sé que desaparecerá en cuanto entre en la casa. Abro, oigo a mi mujer en la habitación taconeando con sus chinelas sobre el suelo de baldosas. Junto a ella me siento tranquilo y soy feliz.
Respiro, saboreo mi sueño, me reconforta. Miro mi reloj de pulsera. El tiempo ha movido sus agujas. Acabo de eludir cinco minutos de realidad gracias al recuerdo de mi sueño. Un sueño que brega contra los minutos tristes de mi reloj.
Pero mi reloj guarda nuevos minutos agazapados y a la espera de abrirse paso e irrumpir en mi mundo para arrebatarme este sueño que me mantiene vivo.
Me siento sin fuerzas ni lucidez para definir mi situación. Permanezco inmóvil, me dejo arrastrar por una de esas somnolencias ligeras, momentáneas, que anteceden a un sueño largo y profundo. Mi descanso, sin embargo, ni es largo ni es profundo. No lo es desde hace días.
Busco en mi reloj una fecha, pero solo obtengo un tictac.
Era lunes cuando empecé a soñar.
Qué difícil, esta alta y estrecha habitación con su cielo raso envigado, los colores neutros de los grandes dibujos anodinos de las paredes, la ventana cerrada con sus vidrios rojos y anaranjados, las chinelas en el suelo, el tictac de mi reloj de pulsera entre cuyas agujas se abre paso un silencio de baldosas que añoran el clackclack de un taconeo, yo sin poder moverme, el crepúsculo amenazando con llegar, y mi mujer colgada de una soga mientras lo único que puedo hacer es seguir tendido como estoy, respirando con lentitud, paralizado en este cuarto sin aire y que huele mal, no a la espera del crepúsculo, sino a la espera de mi propio fin.
De pronto cierro los ojos, dejo de escuchar el tictac de mi reloj, llego a una casa, entro -se trata de un acto reflejo-, me envuelve un silencio que engulle un clackclack.


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lunes, 11 de noviembre de 2013

Sucinta reflexión surgida de la pregunta: ¿Cuál es el tema de Vía revolucionaria de Richard Yates?




Después de leer El bosque petrificado de Robert Sherwood (1926) y analizar los paralelismos entre esta obra de teatro -citada en el primer capítulo de Vía revolucionaria-, y la novela de Yates, compruebo que el tronco argumental es el mismo: pioneros que fracasan, artistas que no dan fruto, mujeres que quieren huir a Francia y mantener a un hombre para que él pueda crear y no ellas, lugares fuera del mundo donde no hay nada que hacer, frustración, suicidio. En resumen, la tan manida era de la ansiedad y del fracaso del sueño americano explicado con profusión de detalles.
De esta forma magistral lo pinta Yates en una de las páginas de la novela:
Connecticut, años cincuenta. El riego automático, el televisor con sus eternos dibujos animados, el cortacésped, las plantas, el centro comercial, la “sana alegría vecinal”… Estados Unidos, “la capital psiquiátrica y psicoanalítica del mundo… la nueva religión, el chupete intelectual y espiritual de todos… Es como si hubiera un tácito acuerdo colectivo de vivir en un estado de autoengaño absoluto. ¡Al cuerno la realidad! Disfrutemos de un montón de bonitas carreteras y de bonitas casas pintadas de blanco y de rosa y de azul cielo; seamos buenos consumidores y que exista una gran uniformidad, y eduquemos a nuestros hijos en un baño de sentimentalismo (papá es un gran hombre porque se gana la vida, y mamá es una gran mujer porque ha aguantado a papá todos estos años) y si la realidad aparece un día y nos mete miedo, todos estaremos muy ocupados y haremos ver que no pasa nada”.
El fracaso de este sueño ya esta planteado en El bosque petrificado: frustración, quejas, deseo de otra cosa. De escapar de allí para ir a Francia. Pero, ¿qué hay de nuevo en la novela de Yates?
Lo nuevo son los hijos no deseados.
En El bosque petrificado ya hay un antecedente, Gabrielle, hija abandonada por una madre francesa (magnífico guiño de Yates. April iría a Francia para huir de la tragedia y allí encontraría lo mismo).
Pero en la novela de Yates los hijos no deseados están por todas partes y los estragos producidos por la relación con sus progenitores alcanzan un grado de sufrimiento y amargura que llevan al psiquiátrico, o a la muerte, aunque se tengan las condiciones materiales para disfrutar de una vida feliz.
Entre los diferentes personajes de la novela los casos de April y de John, el hijo de los Givings, resultan extremos. Es natural que entre ellos surja una complicidad especial marcada por esa lucidez mortífera que rehuyen los otros. April y John leen el reverso de los hechos y van al grano hasta el punto de pasar al acto. Sus puestas en escena son irreversibles: April con un intento de aborto y John con una posición de loco digna de un psiquiátrico. ¿Dadas las circunstancias les queda otra opción en un mundo de seres ocupados donde se hace ver que no pasa nada? Es indiscutible que en esa situación solo puede conmover un gran espectáculo.
John habla hasta la saciedad sobre este tipo de hijos no deseados, saca a relucir una verdad que solo April acepta oir. A Frank le dice: le haces una barriga para no irte a Paris con ella. A April, señalando su vientre con el dedo. Sé una cosa: No quisiera ser ese hijo.
Y así continúa el pobre John, que obviamente sabe de esto por propia experiencia: Le meterán en el cajón de una cómoda y le darán leche agria para mamar… ese niño tendrá menos posibilidades que el perro de un vagabundo.
En la pareja hay una pregunta constante sobre el sentido de la vida, en Frank al menos la hubo en su juventud. Ese sentido tiene que ver con dar fruto, con crear una obra. Ilusión a la que April no renuncia.
Podemos sospechar que la caída en un sinsentido que los desgasta es la razón que la lleva a tomar una decisión tan peligrosa. Ella no quiere más hijos no deseados, ni más trabajos no deseados, ni más vida no deseada, porque por fin ha comprendido que allí esta la raíz de una infelicidad irreparable. El hilo conductor hacia una larga cadena de generaciones vencidas por la frustración, que agonizan en una existencia yerma.
Ya se hablaba de esto en El bosque petrificado, citando al poeta François Villón: "En tu campo la semilla de mi cosecha crecerá. Le he dado un suelo yermo a esa semilla... pero tú le darás fertilidad, la harás crecer y dar fruto."
Dice Alain en la obra de Sherwood antes de morir en los brazos de Gabrielle: "Lo sé, pero debes creer y recordar... porque es mi oportunidad de sobrevivir... Te hablé de ese gran artista que está oculto en mí. Te lo transfiero a ti."
¿Acaso April, con su muerte, no abre esa Vía revolucionaria en Frank, que no volverá a ser el mismo ni como padre ni como hombre? 
De hecho en la escena del parque, cuando ya ha muerta April y Frank queda a cargo de sus hijos, no lo vemos mirarse al espejo como solía hacer, mira un intervalo vacío que se ubica entre él y sus hijos jugando.
Ella rompe con su acto una repetición, al menos en la vida de Frank, que no podrá hacer como propone la cita del comienzo: "...eduquemos a nuestros hijos en un baño de sentimentalismo (papá es un gran hombre porque se gana la vida, y mamá es una gran mujer porque ha aguantado a papá todos estos años)..."
En el comienzo de la novela se anticipa el final: "Estoy llena de vida, y tengo ganas de salir y hacer algo absolutamente loco y maravilloso...” , dice April mientras actúa en El bosque petrificado.
La obra de teatro empieza bien, igual que su relación con Frank (llena de hermosos deseos), pero April, al comprobar que los Laurel Players y Frank, le fallan, se viene abajo.
No en vano las últimas palabras de April, ya terminada la novela, hablan de algo que ha sabido desde siempre: que para hacer algo absolutamente serio, algo de verdad, al final resulta que tienes que hacerlo tú solo.
¿Cuándo aprendió April esto?

Lo aprendió de niña, y lo aprendió de sus grandes maestros: sus propios padres que la abandonaron apenas nacer.
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viernes, 8 de noviembre de 2013

Encuentro en Dakar

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Consultamos el calendario chino. Año 2013, serpiente de agua, favorable. Elegimos Dakar para el encuentro. Ubicación cardinal oeste, capacidad para asumir riesgos. Favorable.
¿El día?, 29 de agosto. La hora, cinco en punto de la tarde.
Él caminaría hacia la Plaza del Buen Encuentro, superada la esclavitud en el flanco sur.
Yo caminaría desde el norte, dejando atrás la lucha por la independencia contra los malditos franceses.
Desde el sur vestido de algodón blanco sobre su piel negra.
Desde el norte vestida de seda roja sobre mi piel blanca.
¿El ritmo? El de un tambor.
Él lo marcaría con los dedos, es percusionista. Yo, con las caderas.
Caminando. Un paso tras otro, sus dedos marcando el ritmo, mis caderas al compás.
Cuando ames algo procura llegar caminando, habíamos dicho.
tac – tactac – tac – tactac

La cadera cae en la música.
 El amor en la amistad.

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jueves, 31 de octubre de 2013

El cerrajero

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Que la vida es un cerrajero me quedó claro el día que conocí a la vieja. Un cerrajero implacable, me dije, escuchando una historia que si había sido real, como la vieja decía, hablaba de una puerta de esas que dejan de ser puertas para convertirse en muros de infranqueable hormigón.
El cerrajero no se había portado mal del todo, al principio. De niña la vieja conoció la risa, parece increíble. Conoció la música. Incluso fue subida a un escenario para cantar. Y amó la naturaleza, amó a su padre, que la llamaba: mi pequeña.
Montó a caballo, un caballo sin desbravar, ni montura. Vivió en uno de los lugares más hermosos del mundo. Conoció el dinero en billetes grandes y fue inocente hasta el punto de convertirlo en picadillo para recibir, desde un gran balcón, a la virgen del pueblo.
Todo eso cuenta la vieja desde su cama y parece increíble. En la residencia hay otros viejos, cuarenta y dos. Pero ninguno tiene una historia semejante para contar.
El hecho es que hay algo que queda en el aire. No sé, una parte que no comprendo, porque si bien cuenta mil veces la misma historia, no explica cómo se produjo el cambio. ¿Qué pasó? ¿Cuándo se abrió la puerta de la habitación donde vive ahora y que nada tiene que ver con aquellos paisajes?
Han pasado cuarenta y ocho años, quizás sea eso.
Pero ahí es donde yo veo al cerrajero. Una puerta se cierra y no hay marcha atrás. Se entra a un lugar sin salida y se termina en la cama de una residencia de caridad.
Ninguno está tan solo como ella. Ninguno está tan atado a la cama. Ninguno.
Nadie la visita. Está llena de odio. El desagradecimiento, quizás.
Pero no lo comprendo. Hay un laberinto entre aquella puerta de la infancia y esta de la vejez.
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